Posible familia / 55 x 46 / Fernando Guimerá

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Posible familia, de Fernando Guimerá, se mueve en un territorio especialmente delicado: el de la presencia sin certeza. No es un retrato ni una escena reconocible, sino una construcción pictórica que sugiere vínculos, cercanía y memoria sin llegar nunca a fijarlos del todo.

El propio título introduce la clave de lectura. Posible es una palabra que abre, no que afirma. Guimerá no representa una familia concreta; plantea la idea de familia como algo inestable, cambiante, incluso proyectado. Lo que vemos no es una imagen cerrada, sino una hipótesis emocional.

Formalmente, la obra se articula a través de superposiciones y fragmentos que parecen convivir en un mismo espacio sin jerarquías claras. Las formas se aproximan, se tocan o se solapan, pero nunca se definen del todo. Esa proximidad ambigua construye una tensión constante entre unión y distancia, muy cercana a la experiencia real de los vínculos familiares.

La materia pictórica vuelve a ser fundamental. Las capas, los borrados y las zonas veladas generan una sensación de tiempo acumulado, como si la imagen hubiese sido revisada, corregida o recordada varias veces. No hay gesto espectacular: hay persistencia, una pintura que avanza por adición y desgaste más que por afirmación.

El color, contenido y a veces apagado, refuerza esa atmósfera íntima y algo incierta. No hay dramatismo explícito, pero sí una carga emocional sostenida, silenciosa. Todo parece estar a medio camino entre aparecer y desaparecer, como ocurre con los recuerdos familiares cuando intentamos fijarlos.

En Posible familia, Guimerá vuelve a confiar en la pintura como espacio de reflexión más que de representación. La obra no explica qué es una familia; deja que el espectador complete la imagen desde su propia experiencia. Y en ese gesto —abierto, honesto, sin imposiciones— la pintura se convierte en un lugar de reconocimiento.

No es una familia retratada.
Es una familia pensada.