Obra de V. Mourelo dos figuras humanas sentadas en una roca voladora, una vestida y otra desnuda. Dándose la espalda

La pintura figurativa sigue más viva que nunca

Durante años, hablar de pintura figurativa en el arte contemporáneo podía parecer casi una contradicción. Como si representar personas, cuerpos, objetos o escenas reconocibles perteneciera a otra época y el arte contemporáneo tuviera que mirar necesariamente hacia la abstracción, el concepto o la instalación.

Pero la pintura figurativa nunca se fue. Simplemente cambió las preguntas.

Hoy un artista puede pintar una figura reconocible sin intentar copiar la realidad. Puede deformarla, exagerarla, esconderla, convertirla en símbolo o utilizarla para hablar de identidad, memoria, deseo, violencia, belleza o simplemente de la propia condición humana.

Porque ser figurativo no significa pintar como se ve. Significa partir de lo que podemos reconocer para llevarnos hacia algo que todavía no conocemos.

Y en La Galería Escondida tenemos dos ejemplos que lo demuestran de una manera especialmente clara: V. Mourelo y Antonio Aguilar.

Dos artistas figurativos. Dos lenguajes. Dos mundos completamente diferentes.

 

Mourelo: cuando la figura se convierte en relato

La pintura de V. Mourelo parte de la figura humana y de escenas que, en apariencia, podemos reconocer.

Pero hay algo que no termina de encajar.

Sus personajes parecen habitar un territorio suspendido entre lo cotidiano y lo extraño. Hay algo teatral, algo inquietante y, en ocasiones, casi cinematográfico en sus composiciones. La figura deja de ser simplemente un cuerpo representado para convertirse en protagonista de una historia que el espectador tiene que completar.

Y ahí está una de las grandes posibilidades de la figuración contemporánea: no necesitamos que el cuadro nos lo cuente todo.

Mourelo utiliza la pintura para abrir preguntas. ¿Quiénes son esos personajes?, ¿qué acaba de ocurrir?, ¿qué están pensando? ¿qué hay detrás de esa escena?

La precisión de la representación convive así con la ambigüedad del significado. Reconocemos lo que estamos viendo, pero no necesariamente comprendemos lo que estamos mirando.

Y eso hace que sus obras funcionen como pequeñas historias congeladas en el tiempo.

 

Antonio Aguilar: la figura desde otro lugar

Si Mourelo utiliza la figura para construir escenas cargadas de misterio y narrativa, Antonio Aguilar se mueve en un territorio completamente diferente.

En su pintura, la representación no busca necesariamente esa sensación de relato. Hay una aproximación más libre, más expresiva, donde la materia, el gesto y la propia construcción de la imagen adquieren un enorme protagonismo.

Aquí la figura puede aparecer transformada, tensionada o incluso llevada hacia terrenos donde casi deja de ser una representación literal.

Y precisamente ahí aparece otra de las grandes virtudes de la pintura figurativa contemporánea: La figura puede ser reconocible sin tener que ser obediente.

No tiene por qué respetar las proporciones, la perspectiva o la apariencia que encontraríamos delante de un espejo.

Puede deformarse. Puede romperse. Puede volverse expresiva. Puede convertirse prácticamente en una huella de lo que el artista quiere transmitir.

En Antonio Aguilar, la pintura no se limita a representar una realidad exterior. También habla de la propia experiencia de pintar.

 

Dos artistas, una misma etiqueta

Y aquí está lo interesante.

Si colocamos frente a frente a Mourelo y Aguilar, probablemente encontraremos muchas más diferencias que similitudes.

Uno puede llevarnos hacia la narración, la escena y el misterio. El otro hacia la expresión, la materia y una interpretación mucho más libre de la figura.

Sin embargo, ambos pueden convivir bajo una misma palabra: figuración.

Y quizá eso sea precisamente lo que demuestra que la pintura figurativa contemporánea está muy lejos de ser un género cerrado.

La etiqueta nos sirve para orientarnos, pero no para explicar completamente lo que tenemos delante.

Porque dentro de la figuración caben mundos enteros.

¿Por qué vuelve a interesarnos tanto la figura?

En un momento en el que estamos rodeados de imágenes producidas constantemente por cámaras, pantallas e inteligencia artificial, pintar una figura vuelve a tener algo profundamente humano.

Una pintura no es simplemente una imagen. Es una mirada. Es una decisión. Es una materia que ha pasado por las manos de alguien. El artista decide qué mostrar, qué ocultar, qué deformar y qué dejar sin resolver.

Por eso la figuración contemporánea no tiene por qué competir con la fotografía ni intentar demostrar que puede representar la realidad mejor que una cámara.

Juega a otra cosa.

Utiliza aquello que reconocemos para hablarnos de aquello que no podemos fotografiar. Una emoción. Un recuerdo. Una sensación. Una contradicción. Una historia.

O simplemente una determinada manera de mirar el mundo.

 

La figuración no ha vuelto. Nunca se fue.

Quizá el error está en pensar que el arte contemporáneo tiene que elegir entre figuración y abstracción, entre tradición y ruptura, entre lo reconocible y lo experimental.

La pintura nunca ha funcionado así.

La figuración contemporánea puede ser clásica y radical al mismo tiempo. Puede ser técnicamente precisa y conceptualmente incómoda. Puede contar una historia o negarse a contarla.

Puede parecer real. Y, sin embargo, hablar de algo completamente irreal. Por eso nos interesa reunir en La Galería Escondida artistas como V. Mourelo y Antonio Aguilar.

Porque no buscamos una única manera de entender el arte contemporáneo.

Buscamos precisamente lo contrario: artistas que tengan algo que decir y una manera propia de decirlo.

Y si para hacerlo necesitan una figura, una mancha, un cuerpo, una escena o cien capas de pintura, nos parece perfecto. Al final, la pregunta nunca debería ser si una obra es figurativa. La pregunta interesante es: ¿qué consigue hacerte sentir cuando la tienes delante?