IKEA no vende arte. Vende la idea de que estás comprando arte.

IKEA no vende arte. Vende la idea de que estás comprando arte.

Que IKEA se acerque al arte no me parece una mala noticia. Al contrario: si consigue que alguien que jamás ha pisado una galería empiece a mirar, preguntarse quién ha hecho una pieza o interesarse por un creador, bienvenido sea.

KONSTRUNDA reúne 22 objetos de siete creadores y los presenta como una colección de arte accesible, con estética de galería y, sobre todo, con el reclamo de la edición limitada. IKEA habla incluso de una oportunidad para coleccionar arte. Pero aquí es donde me bajo del carro. Porque IKEA no está democratizando el arte. Está democratizando el producto con apariencia de arte. Y no es lo mismo.

Una pieza producida industrialmente en una tirada de 2.500 unidades puede ser bonita, interesante, estar firmada por un creador y tener detrás una buena historia. Pero que sea limitada no la convierte automáticamente en coleccionable. Y, desde luego, no convierte su compra en una inversión.

Aquí hay una confusión que me interesa desmontar: coleccionar no es comprar algo que pone “edición limitada”.

El valor futuro de una obra no nace porque alguien haya decidido fabricar 2.500 ejemplares y ponerles un número. Nace de muchas otras cosas: la trayectoria del artista, la relevancia de la obra dentro de su producción, la demanda, la escasez real, la procedencia, el mercado y, sobre todo, de algo que ninguna campaña de marketing puede fabricar por decreto: la historia que esa pieza consiga construir con el tiempo.

IKEA es, por definición, lo contrario del objeto único, de la rareza y de la pieza que adquiere valor porque no puede reproducirse.

IKEA es escala. IKEA es democratización. IKEA es producto. IKEA es marketing. Y precisamente por eso resulta tan interesante que ahora quiera jugar a ser galería.

Las peanas blancas, las cartelas, los artistas, la palabra colección, la edición limitada… todo está construido para que nuestro cerebro deje de pensar “producto IKEA” y empiece a pensar “pieza de arte”.

Y ahí está la verdadera obra de arte de IKEA: la campaña.

No digo que no compres una de estas piezas.

Si te gusta, cómprala. Si te hace gracia, cómprala. Si te emociona, cómprala. Si quieres tenerla en casa, cómprala.

Pero no la compres porque te hayan dicho que estás comprando una oportunidad de inversión. Porque quizá dentro de veinte años valga más. O quizá no.

Y si quieres empezar a coleccionar arte de verdad, hay algo mucho más interesante que comprar 2.500 ejemplares de algo que una multinacional ha decidido llamar “edición limitada”.

Empieza por descubrir artistas antes de que el mercado los convierta en una oportunidad.

Eso sí es coleccionar.